La vocación contemplativa

 

            ¿Qué es la vocación contemplativa?
      Desde los primeros siglos de la Iglesia ha habido hombres y mujeres que se han sentido llamados a imitar la condición de siervo del Verbo Encarnado, y han seguido sus huellas viviendo de modo específico y radical, en la consagración religiosa vivida en el silencio y apartamiento del mundo, las exigencias derivadas de la participación bautismal en el misterio pascual de su muerte y resurrección. De este modo, haciéndose portadores de la Cruz, se han comprometido a ser portadores del Espíritu (Vita Consecrata, 6).
       La monja de clausura cumple en grado sumo el primer mandamiento del Señor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lc 10, 27), haciendo de ello el sentido pleno de su vida y amando en Dios a todos los hermanos y hermanas. Ella tiende a la perfección de la caridad, acogiendo a Dios como al «único necesario» (cf. Lc 10, 42), amándolo exclusivamente como el Todo de todas las cosas, llevando a cabo con amor incondicional hacia Él, en el espíritu de renuncia propuesto por el Evangelio (24) (cf. Mt 13, 45; Lc 9, 23), el sacrificio de todo bien, es decir, «haciendo sagrado» todo bien para Dios solo (25) con tal que Él habite en el silencio absoluto del claustro y lo llene con su Palabra y su Presencia, y la Esposa pueda verdaderamente dedicarse al Único, «en continua oración e intensa penitencia» (26) en el misterio de un amor total y exclusivo (Verbi Sponsa, 5).

       

           ¿Qué hacen las monjas contemplativas?
       Las monjas contemplativas son la gloria de la Iglesia y manantial de gracias celestes. A través de sus vidas y misión, los miembros de la comunidad contemplativa se conforman a Jesucristo orante en el monte y a su misterio Pascual, testimonian el señorío de Dios sobre la historia y anticipan la gloria futura.
      Este asociar la vida contemplativa a la oración de Jesús en un lugar solitario revela la participación de estas religiosas en la relación de Cristo con el Padre. El Espíritu Santo, que condujo a Jesús al desierto (cf. Lc 4, 1), invita a la monja a compartir la soledad de Jesucristo, que por medio del «Espíritu eterno» (Hb 9, 14) se ofreció al Padre.
        La celda solitaria y el claustro cerrado son el lugar donde la monja, esposa del Verbo Encarnado, vive plenamente recogida con Cristo en Dios. El misterio de esta comunión se le manifiesta en la medida en que, dócil al Espíritu Santo y vivificada por sus dones, escucha al Hijo (cf. Mt 17, 5), fija la mirada en su rostro (cf. 2 Co 3, 18), y se deja conformar con su vida, hasta la suprema oblación al Padre (cf. Flp 2, 5ss) como expresa alabanza de gloria (Verbi Sponsa,3).
      En la soledad y el silencio, mediante la escucha de la Palabra de Dios, el ejercicio del culto divino, la ascesis personal, la oración, la mortificación y la comunión en el amor fraterno, las contemplativas orientan toda su vida y actividad a la contemplación de Dios. Ofrecen así a la comunidad eclesial un singular testimonio del amor de la Iglesia por su Señor y contribuyen, con una misteriosa fecundidad apostólica, al crecimiento del Pueblo de Dios (Vita Consecrata 8).

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Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará