«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque quien pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se abrirá»

                                                                                                                      (Mt 7, 7-8)

     «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque quien pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se abrirá» (Mt 7, 7-8); «todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (Jn 14, 13), pues nuestro Padre, «que está en los cielos, dará buenas cosas a los que le piden» (Mt 7, 11). En estas citas evangélicas se concentran las reiteradas llamadas de Cristo a orar al Padre Celestial, dador de todo bien, ante cualquier necesidad y con plena confianza. Si Dios es el origen de todo, nada existe fuera de Él (1 Co 8, 4-6), y es Todopoderoso (Apoc 1, 8; Jer 32, 17), no hay otro modo de alcanzar los bienes de que carecemos que la súplica. Dios mismo desea ser rogado, pues esta es la relación de un Padre para con sus hijos, y espera que le pidamos determinadas gracias para concedernoslas: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa» (Jn 17, 24), dice Jesús.

        Cristo se ha encarnado y es ante el Padre la voz intermediaria entre Él y los hombres: todo bien es pedido a través de Jesús y concedido por medio suyo (Jn 14, 13; Rom 8, 34; Heb 7, 25), siendo Él merecedor de cualquier gracia por ser Hijo Divino del Padre. Dios conoce nuestras más profundas necesidades, y sabe asimismo aquello que no nos conviene. Por eso, quien ruega con Fe pidiendo una gracia conveniente, ha de esperar que Dios se la concederá, según su sabiduría; pero aquello que pedimos y que no nos ha de beneficiar o que no entra en sus planes, por muy insistentes que sean nuestras súplicas, no será concedido. En todo es menester abandonarse.

       María Santísima es el modelo sublime de intercesora y además todo lo alcanza del Corazón de Cristo, como vemos en las bodas de Caná. Nosotras, contemplativas, nos unimos a Ella y a su Divino Hijo y ponemos en su oración ―especialmente en el sacrificio de la Santa Misa― las nuestras. Pero ¿cuáles son nuestras oraciones? Son las de toda la Iglesia, aquellas que Dios nos pone en el corazón, que nos pide el Obispo del lugar, la comunidad, el Instituto, el mundo entero y todas las personas que nos contactan. Rogar al Señor es la vocación que Él mismo nos ha dado: quiere que en cada instante haya alguien sobre la faz de la Tierra alcanzando de su Misericordia los bienes que necesita la Humanidad, pues, como dijo Tertuliano, «La oración es lo único que tiene poder sobre Dios», y así lo afirma el Papa Francisco: “La oración del hombre humilde es la debilidad de Dios".

    Les invitamos, pues, a pedirnos con toda confianza que recemos por sus intenciones, sean las que sean: espirituales, familiares, materiales, referentes a la salud, al trabajo, a algún proyecto... Pueden hacerlo escribiéndonos desde esta página web, y cada vez que puedan visitar alguno de nuestros Monasterios. ¡Póngannos a trabajar!

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Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará