Monasterio Santa Hildegarda de Bingen

             

             “Por el misterio de fe de la comunión de los santos, las contemplativas se dispondrán y se ofrecerán a Dios para que por ellas todos los miembros de la Iglesia crezcan en santidad, sabiendo que la “nota” por la que la Esposa de Cristo es llamada “santa”, resplandece de modo peculiar en la vida consagrada. Querrán vivir así el misterio de fe de la Iglesia, creyendo en la fecundidad de su apartamiento del mundo. “Su amor esponsal por Cristo se convierte de modo casi orgánico en amor por la Iglesia como Cuerpo de Cristo, por la Iglesia como Pueblo de Dios, por la Iglesia –a la cual representa– que es a la vez Esposa y Madre” (Regla Monástica n. 10)

        El Monasterio, puesto bajo patronazgo de Santa Hildegarda de Bingen, fue fundado el 17 de septiembre de 2014, junto al Centro Espiritual, que comprende también la comunidad de hermanas apostólicas, quienes comparten con nosotras el edificio donde realizan sus actividades (catecismo para niños, jóvenes y adultos, grupos de perseverancia y de jóvenes, oratorio infantil, jornadas de familias, grupo de oración de madres, etc.). 

Es una particularidad muy hermosa, que refleja en pequeño la realidad de nuestra Familia Religiosa, más aún después de la llegada de los sacerdotes del Instituto del Verbo Encarnado, en septiembre de 2017.

 

 

 

 

       La intención de oración es el ministerio pastoral de los obispos, es decir, rezar por la santidad y fortaleza de todos los obispos del mundo en la difícil tarea de apacentar el pueblo de Dios.

         Nuestra patrona es Santa Hildegarda de Bingen, declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI el 7 de octubre de 2012. El mismo pontífice, en la carta apostólica en la que la declara tal, cuenta de ella: “Hildegarda nació en 1089 en Bermersheim, en Alzey, de padres de noble linaje y ricos terratenientes. A la edad de ocho años fue aceptada como oblata en la abadía benedictina de Disibodenberg, donde en 1115 emitió la profesión religiosa. A la muerte de Jutta de Sponheim, hacia 1136, Hildegarda fue llamada a sucederla en calidad de magistra. Delicada en la salud física, pero vigorosa en el espíritu, se empleó a fondo por una adecuada renovación de la vida religiosa. Fundamento de su espiritualidad fue la regla benedictina, que plantea el equilibrio espiritual y la moderación ascética como caminos a la santidad. Tras el aumento numérico de las religiosas, debido sobre todo a la gran consideración de su persona, en torno a 1150 fundó un Monasterio en la colina llamada Rupertsberg, en Bingen, adonde se trasladó junto a veinte hermanas. En 1165 estableció otro en Eibingen, en la orilla opuesta del Rin. Fue abadesa de ambos.

          Dentro de los muros claustrales atendió el bien espiritual y material de sus hermanas, favoreciendo de manera particular la vida comunitaria, la cultura y la liturgia. Fuera se empeñó activamente en vigorizar la fe cristiana y reforzar la práctica religiosa, contrarrestando las tendencias heréticas de los cátaros, promoviendo la reforma de la Iglesia con los escritos y la predicación, contribuyendo a mejorar la disciplina y la vida del clero. Por invitación primero de Adriano IV y después de Alejandro III, Hildegarda ejerció un fecundo apostolado —entonces no muy frecuente para una mujer— realizando algunos viajes no carentes de malestares y dificultades, a fin de predicar hasta en las plazas públicas y en varias iglesias catedrales, como ocurrió, entre otros lugares, en Colonia, Tréveris, Lieja, Maguncia, Metz, Bamberg y Würzburg.

          La profunda espiritualidad presente en sus escritos ejercita una relevante influencia tanto en los fieles como en las grandes personalidades de su tiempo, involucrando en una incisiva renovación la teología, la liturgia, las ciencias naturales y la música. 

          Habiendo enfermado el verano de 1179, Hildegarda, rodeada de sus hermanas, falleció con fama de santidad en el Monasterio de Rupertsberg, en Bingen, el 17 de septiembre de 1179” (Carta apostólica de Benedicto PP. XVI, 7 de octubre de 2012).

 

           “En nuestros Monasterios se buscará vivir la pobreza perfecta, es decir, viviendo de la limosna, de modo que no se emprenderán obras con fines de lucro”. (Regla Monástica n. 103). Se realizan, como en todos nuestros Monasterios, para suscitar la limosna para el sustentamiento, trabajos manuales, en concreto la producción de cosas dulces como galletitas, alfajores, tortas. También se elaboran cuadritos, rosarios, etc.

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